HUGO BATARAZA
EL LADRÓN BUENO




El intento de reportaje a Hugo Bataraza, un hombre que vive en la clandestinidad desde hace 15 años.
El intento de reportaje a Hugo Bataraza, un hombre que vive en la clandestinidad desde hace 15 años. 
Su rostro es un mapa de sufrimiento. En su mirada, esquiva, se adivina al perseguido, al prófugo. Ese hombre, se hunde en el sillón y no puede relajarse. 
Afuera, el sol comienza a ponerse y el cielo se tiñe de sangre. Por las ventanas entra el sonido constante de la ciudad. El tráfico de la tarde, las bocinas y, de pronto, una repentina frenada. Es en ese momento que el hombre salta, corre por la habitación y se oculta detrás de la cortina. 
Hugo Bataraza vive en la clandestinidad desde hace 15 años. Su vida se ha transformado en una fuga perpetua. El descanso se le niega. Desde hace 15 años que Bataraza no conoce la paz.
Luego de tranquilizarlo, logramos que vuelva al sillón. En su mirada se lee la desconfianza del perro apaleado. Intenta encender un cigarrillo, pero apenas si puede sostenerlo entre los labios. El cigarrillo cae dos veces y la llama del encendedor le quema la nariz. Ante nosotros sonríe, apenado. 
En tono confidente, explica que quiere justicia, que se sepa que ya ha pagado por su crimen, que merece una vida digna. Desde que le propusimos este reportaje Hugo Bataraza cambió 13 veces de domicilio. Y la propuesta fue hecha anteayer.
No han pasado 5 minutos, cuando el teléfono suena. En Bataraza se escribe el dolor de una puñalada y se lanza bajo el escritorio, no sin antes ocultar su cabeza dentro de un cajón. Cuando intentamos tranquilizarlo, grita y aúlla como un cerdo en el matadero. Nos ruega por piedad, porque no lo entreguemos. Le explicamos que somos gente de confianza y le volvemos a ofrecer el sillón. Entonces explica que se sentirá más cómodo si se oculta en el placard, detrás de los abrigos. Insinúa que su voz podrá escucharse desde allí.
La vida de Hugo Bataraza no ha sido fácil. Trabajó de lo que pudo y se ganó el pan con sufrimiento. Pero sus días dieron un vuelco terrible hace 15 años. Cuando recuerda solloza. Se lamenta por no poder cambiar su rostro. “Si mi cara fuera otra, podría estar en paz”, se lamenta. Su voz resulta casi inaudible, amortiguada como nos llega desde lo profundo del placard.
Semanas atrás, por una filmación, supimos de Hugo Bataraza y comenzamos a buscarlo. Hace 15 años, quizá no pudiendo soportar el hambre, él se decidió por el robo. En un video casero, vemos al joven que fue Bataraza ingresando en una habitación. En esa filmación se concentra la tragedia de su vida. 
Intentando un acercamiento, le revelamos que poseemos la cinta. El rostro de Bataraza vuelve a ser el del perseguido. Desde el placard nos amenaza con un largo paraguas. Intentamos explicarle. Nos acusa de traidores. Nos gana el estupor y quedamos paralizados. Bataraza aprovecha la oportunidad y se lanza por la ventana, con la precisión de un clavadista mejicano. Estamos en un tercer piso. Cuando miramos hacia la planta baja, Bataraza ha desaparecido, amparado en la multitud de la tarde.
Por la noche volvemos a ver la cinta. En ella, Bataraza ingresa a la habitación. Parece buscar algo. Entonces, su vista se detiene en la cámara, y se acerca. Camina resuelto, sabiendo que ha encontrado lo que busca. Y cuando está por tomarla se detiene. La expresión se le cambia por el horror y grita: “Está grabando … Me están FILMANDO”. Y entonces sucede lo imposible. Bataraza corre por la habitación. La cámara continúa filmando mientras él se arroja por una ventana, para desaparecer.
Bataraza ha huído.
Inexplicablemente, ha vuelto a ser un prófugo.
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